31 diciembre, 2012

El arroyo



El arroyo

Creías que el agua del arroyo
al impactar las rocas,
pronunciaba un nombre,
y cada madrugada
bajabas por el valle
para escucharlo.

En sus cauce calmo
creíste ver un rostro,
y al dormir, sin razón
alguna, en tus sueños
esa imagen se borraba de ti,
teniendo que ir a mirar de nuevo.

Te encantaba sumergirte
para refrescar tu cuerpo
pero sin aislarte de la tierra
—llena de sangre en estos tiempos—,
te fascinaba sentirte
como ser un pez sin ataduras.

Pero no era un nombre 
el que era pronunciado,
sino eras tú suspirando.
No era un rostro
el que veías cada noche,
sino tu alma reflejada.
Y no sólo eras un pez,
nadando contracorriente,
sino que te volviste una estrella:
la primera que se ve en el poniente,
la última que brilla en el amanecer,
esa lejana, a la que todos llaman sol.

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